Memoria: una extraterrestre busca un sonido por Colombia


Ir a un festival de cine es experiencia que hoy puedo comparar con correr una triatlón de media distancia, un medio Ironman. Una cuestión que implica al cuerpo mas sobre todo mente y alma por al menos 5 horas para una persona como yo. Memoria es terminar ese esfuerzo bestial y saberse entre los primeros 3 contra los que, por edad, se está compitiendo.

Memoria, galardonada ex aequo el sábado con el Premio del Jurado en la competencia
oficial del Festival de Cannes 74, tuvo su gala oficial el jueves 15 de julio a las 3.30 pm,
la hora de la siesta, la hora en la que el cansancio casca. El momento en el que la
cabeza le pide al cuerpo aguante, sobre todo cuando se acumulan más de 10 días de
festival donde dormir es el caramelo escaso. En la primera escena vemos una mujer
durmiendo y de pronto se oye un estruendo—el que me hizo recordar cierta vez el
choque de una torcaza contra la puerta de vidrio de un balcón—. Ese estruendo, ese
sonido bestial hace que ella se levante. Esto toma diez minutos donde no vemos nada
más; pero, lectores, lo que se oye… lo que se oye: magia. El cine del director tailandés
Apichatpong Weerasethakul es una experiencia a la que se somete cualquier
espectador con la idea que cada uno tiene del cine. El cine, principalmente, es para
ver. Pero también es para oír. Y sobre todo para manipular por parte del creador —y
también de los que controlan a ese creador—. Manipular con las imágenes, con lo que
se deja afuera de la pantalla y con los sonidos. Es jugar con las ideas que se plantan en
la cabeza de los que ven el cine. Mientras el señor que estaba detrás de mí roncaba, el
golazo sonoro no deja dormir a Jessica (Tilda Swinton), que vive en Medellín cultivando
orquídeas y va luego a Bogotá a cuidar a su hermana Karen (Agnes Brekke) enferma.
Luego sabremos que Jessica sufre de problemas con el sueño y que este sonido está
solo en su cabeza.

En una entrevista con el director surgió la pregunta sobre poderse dormir mientras
alguien ve sus películas. Después de la risa inicial, el director afirmó que es válido y que
va por lo mismo con su propia idea de ir a contracorriente de lo que usualmente se
entiende del cine. Es más tirar ideas y cuestiones que una narrativa lineal y al uso. Lo
suyo pasa por fantasmas y ausencias; por presencias y necesidades; vampiros, ciencia
ficción y ciencias naturales. Es navegar entre cuestiones metafísicas y pragmáticas sin
sentir nunca asomos de posible naufragio, porque el capitán del barco es tan capaz
que cuando se contempla se entra en trance o sueño profundo para reflexionar lo que
sus personajes han dicho sobre lo real. El día a día mismo cuando después de hacer y
vivir, dormimos y soñamos. Hay que insistir que los sueños para Weerasethakul, no
pasa por ser surrealista y sí más como intentos, atrevimientos de la maravilla y lo
aterrador que es el sinsentido vital. Y su satisfacción de ver gente en el mayor estado
de indefensión, en sus palabras, cuando se duerme. Sus películas son entrar en una
meditación con los ojos abiertos, no se puede mirar a otra parte. Es estar presente.

Jessica necesita encontrar ese sonido, y empezamos con ella a recorrer Colombia.
Esquinas de Bogotá, caminar por el centro, hay un perro callejero —atención con él—.
Búsqueda de soluciones a problemas cotidianos, visitas médicas. Y quizá la elipsis más
espectacular sobre la inconmensurabilidad del tiempo vista en el cine desde el hueso
volador visto en 2001 odisea en el espacio (Kubrick, 1968). Jessica visita a Hernán (Juan
Pablo Urrego), un joven ingeniero de sonido, que rodeado de consolas y monitores
sonoros le ayuda a representar el sonido que “viene desde el corazón mismo de la
Tierra”. El contacto límite entre nuestro estado de civilización y el origen del planeta.
Pero hay más. Ella habla en español “machacado” por su acento inglés y el ingeniero le
responde en un inglés ídem. Es la forma divertida en la que el director refleja que
mucho de la vida pasa por el qué y el cómo se comunican los humanos, y que en
medio esa tarea hercúlea de traducir lo que se tiene en la cabeza y materializarlo,
valga el oxímoron, en palabras es la definición de comunicar. Al final, Hernán y sus
aparatos llegan a concretar el sonido y cuando Jessica lo escucha se va. Físicamente
seguirá sentada a su lado, pero no está.

Sin embargo, el Ítaca de Jessica está en la Tierra misma y en lo que se recuerda. ¿En lo
que está en escondido en la tierra? Sí. En los huesos que están enterrados allí abajo en
nuestro suelo y que nadie sabe dar razón. Y así, y no puede ser más directo, es donde
siento yo que con delicadeza el de Bangkok se mete con la política colombiana. Él es
de una ciudad que ha vivido protestas de meses debajo la mismísima Sukhumvit —el
centro comercial de Bangkok donde la tienda de Loro Piana está apenas dos pisos
encima de la que vende CDs con tropipop—. Él viene de una tierra de reyes y
dictaduras. Él sabe de lo que habla. Weerasethakul tiene por dentro que no se puede
parar de reconstruir una memoria que, aunque falible, sea colectiva y sea parte de la
nación. Una memoria que como pueblo la podamos hacer palpable y concreta a través
tanto de lo práctico como de lo bello. Colombia necesita salir de las ciudades, irse al
campo, llegar hasta la selva. Allá está el cuerpo más pesado de nuestra verdad, y
tocará desenterrarla. Allá está ese sonido inexplicable que nos revienta la cabeza y que
nadie más oye. Nos llegarán maldiciones por ello, claro, pero no se puede seguir
adelante dejándolo sin que nos quite el sueño, y con él la salud. Y no habrá Xanas ni
bareta que ayude. En su recorrido, Jessica pasa por Cali y ve bailar salsa en una
esquina. Ella habla tanto de hongos y bacterias como del insomnio y Salvador Dalí. Ella
recorre y se mete en las selvas. Y ella da con Hernán (Elkin Diaz), el hombre que todo
lo recuerda. TODO. El ser que con solo tocar una piedra sabe qué pasó y quiénes han
sido los seres que la han tocado. Otra vez es Hernán, este interconectado como nadie
a la tierra con el que podrá volver a entrar en el trace de compartir ese sonido que ella
busca.

Memoria es más que una película. Es un cultivo en nuestras cabezas colombianas,
como las orquídeas que debe cuidar Jessica, donde el Weerarethakul —artista que
considero un genio y siento el privilegio de verlo evolucionar— pone su planteamiento
discursivo de cómo el entiende y puede mostrar el fondo a través de la forma. La obra
que un tailandés llegó a hacer a Colombia con una inglesa y que se siente colombiana
hasta lo más profundo de nuestra selva. Igualmente, en lo exterior vale decir que
Memoria más que imágenes se busca un sonido, más que estar despiertos se busca
dormir. Es una protesta contra un sistema que implica el desaburrimiento como
esencia vital, en estar despiertos y vivir corriendo como forma de felicidad. De este

trabajo del tailandés se hablará en 50, en 100 años y cualquier desgaste físico que
cueste pasar por él será una recompensa luego para la cabeza.